Cómo diseñar programas sociales medio mal…

Ay mi querido México… esta es la historia de un programa social que no funciona muy bien que digamos. El Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (parte de la SEP), tiene un programa que en papel suena muy bonito: el Modelo de Educación para la Vida y el Trabajo (MEVyT). El programa tiene una vertiente para poblaciones indígenas (el MEVyT indígena-bilingüe). El objetivo del programa es alfabetizar -y brindar alguna que otra habilidad en matemáticas- a la población indígena adulta. Una vez que los educandos terminan sus cursos presentan uno(s) examen(es) que, de pasarlo(s), les otorga un certificado de primaria y/o secundaria avalado por la SEP.

Todo suena muy bien en el papel. Ahora veamos cómo funciona en la práctica. Introduzcamos pues nuestro lugar de estudio: un pequeño poblado ubicado al sur del estado de Yucatán con una población 100% maya-hablante (entre monolingües y bilingües) y 40% o 45% mayor a 15 años  (hay muchísimos niños, la familia promedio debe tener unos 7 u 8 hijos).  Veamos los pasos que se deben seguir para implementar el tal MEVyT indígena-bilingüe en una población como esta. Las reglas de operación del programa se encuentran por acá (ya están medio pasadas de moda pero supongo que siguen siendo las mismas que se utilizan hoy en día -no encontré unas más actuales). De acuerdo con estas reglas (véanse los puntos 4.4.1 y siguientes; para la parte del MEVyT indígena-bilingüe el punto 5.3 y siguientes), hay una persona -una “figura operativa”- encargada de hacer el registro de las personas al programa después de una breve entrevista inicial y la recolección de ciertos datos personales (edad, sexo, etc.). De acuerdo con estas reglas de operación, después de iniciado el proceso de alfabetización y enseñanza de matemáticas se presenta un “examen diagnóstico” y “si la calificación obtenida es aprobatoria se le expedirá [al educando] el certificado de secundaria”.

¿Quién funge el papel de “figura operativa” en este poblado yucateco? Ah, nada más ni nada menos que el profesor encargado de alfabetizar a los adultos registrados al programa (obviamente no estoy seguro que esto suceda en otros poblados pero supongo que “abarata” costos usar al mismo personal que recluta y que educa a los adultos).  Bueno, sigamos. Este señor tiene un incentivo para reclutar a muchas personas al programa pues recibe primas (adicionales a su sueldo) por esta actividad. Esto no suena mal… es un buen incentivo selectivo para ayudar a reclutar a muchas personas al programa. Pero, ¿qué sucede si alguien no quiere o no puede participar en el programa? ¡No importa! El profesor sigue teniendo un incentivo para reclutar al mayor número de personas posibles. Entonces, ¿qué debe hacer? Muy fácil: también otorgar incentivos a quienes no quieran inscribirse al programa. Para que el profe salga “ganón”, el incentivo que él/ella ofrezca debe tener un menor costo al incentivo que él/ella recibe por parte de la SEP… ¡Al profesor se le prende el foco! Esta población es adicta al refresco de cola. Compra unas 100 botellas de Coca Cola de 400 ml. (no deben costar más de 6 o 7 pesos por lo que, en total, debe gastarse unos 700 pesos en promedio). El profesor llega con su papelito para registrar personas (véase el Anexo 2 de las reglas de operación) y, a cambio del registro, “regala” una Coca Cola.

Sigamos. Ahora el profesor tiene unos 100 adultos registrados al programa, unos tienen incentivo a estudiar y otros no. El profesor, sin embargo, no tiene incentivo a enseñar pues ya reclutó a las personas (i.e. ya tiene asegurado la prima adicional al sueldo) y tiene un sueldo fijo. Oh, pero los adultos deben presentar un examen al finalizar los cursos y, si la mayoría reprueba, el profesor puede quedar muy mal parado con su superior directo o al menos con su conciencia. Mmmmm… ¿qué puede hacer? ¿Qué tal si él/ella contesta el examen? Perfecto, eso es lo que hace (seguro su conciencia no queda tranquila, pero al menos sí su superior directo).  En fin, todo esto resulta un gran problema entre el principal (la SEP en este caso) y el agente (el profe). Conclusión 1: todas las personas reclutadas reciben un certificado de secundaria y una Coca-Cola. Conclusión 2: el profesor está contento por tener un ingreso adicional. Conclusión 3: la SEP decide llevar a cabo una evaluación del programa y concluye que el MEVyT es maravilloso (al menos en cuanto a cantidad de certificados expedidos, no en cuanto a calidad). Conclusión 4: los burócratas de la SEP deciden seguir con el programa. Conclusión 5: Coca-Cola está muy contenta de poder seguir engordando a los mayas.

Lo más piiiooooor de todo esto, como dicen por ahí, es la conclusión 6: los adultos en este poblado sólo saben escribir su nombre en un papel para cuando se ofrezca. ¿Saben leer? No. ¿Saben sumar? Más o menos. ¿Se creó capital humano? Obviamente no…

Nota: La anécdota del profe regala Coca-Colas la observé  en 2013 en un poblado indígena cerca de Valladolid, Yucatán. Es importante mencionar que este caso es sólo uno de muchos otros poblados en donde se implementa el programa. Generalizar lo que ocurre con este programa con base en este caso, por ende, no es conveniente (así que no se vayan a enojar mis amigos econometristas que aman los ATEs y los ATTs).

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