Los militares en Birmania

Hace ya algunos años Barbara Geddes, una politóloga norteramericana, sacó a la luz un artículo que a la postre “revolucionaría” (o eso supongo yo) el estudio de los regímenes autoritarios. En este artículo Geddes proporcionó evidencia que muestra que los regímenes militares (como aquellos de la década de 1970 en varios países de Latinoamérica) duran -en términos de años y meses-, en promedio, menos que los regímenes de partido único (los llamó de partido único aunque la verdad el nombre no va; curiosamente, la autora usa a México como el caso paradigmático y en este país -al menos desde la década de 1950 y hasta fines de  la década de 1970- el sistema de partidos estuvo compuesto por 4 partidos: PAN, PARM, PPS y el PRI). Posteriormente la autora -haciendo uso de teoría de juegos muy sencilla- argumentó que los regímenes militares duran menos que los de partido único pues a los militares -especialmente a los generalotes- no les gusta gobernar ya que ello conlleva a la división dentro de la institución castrense (recordemos que una de las mayores características de los militares es que deben acatar órdenes en vez de andar metidos en el chanchullo político).

El caso de los militares de Birmania resulta paradójico y contradice un poquitín (o un mucho) la tesis de doña Geddes. El Tatmadaw -el nombre de la institución castrense en birmano- ha estado en el poder desde 1962 -claro, como ahora está tan de moda, han puesto en práctica alguna que otra reformita “democrática” de unos años para acá pero no creo que ello les quite el impresionante poder que tienen sobre la sociedad birmana.

¿Por qué será que a los militares birmanos les gusta tanto quedarse en el poder (a diferencia, por ejemplo, de los militares uruguayo que más tardaron en llegar al poder que en salir corriendo por la puerta de atrás cuando empezaron algunas movilizaciones del Plenario Intersindical de Trabajadores en 1983)? La respuesta, creo yo, tal vez reside (ah… como buen “Popperiano” todo argumento es preliminar) en el papel que tienen los “clivajes” étnicos  (que dejó como legado el colonialismo británico) en resaltar la importancia del Tatmadaw como la única organización que puede mantener la unidad territorial del país (por cierto, Dan Slater -un politólogo norteamericano- tiene una hipótesis muy parecida a esta para explicar la durabilidad de los regímenes autoritarios del sudeste asiático. A diferencia mía, sin embargo, él se enfoca más en los efectos de la violencia sobre la acción colectiva de las élites en el poder -recomiendo ampliamente su libro).

A diferencia de otros países de la región del sudeste asiático como Malasia o las Filipinas -en donde el problema principal a los recién creados estados independientes fue el surgimiento de guerrillas comunistas o rebeliones campesinas esporádicas (como los Huks en las Filipinas)-, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Birmania tuvo que enfrentar un problema distinto: cómo evitar la secesión territorial. A los militares birmanos de aquel entonces (en su gran mayoría de la etnia Bamar gracias a las purgas de principios de los 60s)  les preocupaba la insistencia de los líderes de la etnia Karen en separar el territorio donde eran mayoría (en la región sureste del país) y crear su propio estado.

Yo tengo la impresión de que los “clivajes” étnicos producen divisiones más intensas que los “clivajes” de clase y estas divisiones refuerzan la cooperación y la acción colectiva interna de cada uno de los grupos en competencia. Si este es el caso (tal vez estoy diciendo una barbaridad), la constante presencia del temor secesionista por parte de los Karen seguramente ha reforzado la cooperación del grupo étnico mayoritario, ha otorgado legitimidad y sobre todo reforzado el dominio del Tatmadaw  a lo largo y ancho del país -esta organización, con su poder de violencia, era (y al parecer sigue siendo) la única que puede mantener a raya a las distintas etnias birmanas. Habrá que ver si puede seguir teniendo este papel después de las reformas políticas llevadas a cabo en 2011 y 2012. Al parecer sí ya que Freedom House sigue clasificando al país como muy poco democrático. En fin, el Tatmadaw lleva 50 años en el poder… esto no lo hubiera esperado Barbara Geddes (ni muchos otros politólgos -incluyéndome).

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